El origen del pangeísmo
Me gusta decir que el pangeísmo nace desde antes de nacer. Nace en muchos tiempos, en muchos lugares, quizás también en muchas dimensiones. No nace de una persona ni de un momento preciso, porque las intuiciones que están en su raíz son muchísimo más antiguas que su nombre. Una tradición filosófica puede existir primero como sensibilidad, como experiencia, como familia de ideas dispersas, y recién mucho después encontrar una palabra, un lenguaje y una articulación que permitan reconocerla.
En ese sentido, más que una invención, me gusta pensar el pangeísmo como una confluencia. Hay ideas que parecen nacer en un punto preciso, con una fecha, un autor, un grupo, un manifiesto. Y hay otras que se parecen más a un río. Antes de que podamos señalarlo en un mapa, ya existen pequeños cursos de agua bajando desde lugares diferentes, atravesando geografías distintas, alimentados por lluvias que ocurrieron mucho antes. En algún momento esos cauces se encuentran, forman algo reconocible y reciben un nombre. Pero sería extraño afirmar que el río empezó a existir recién entonces. El agua venía viajando desde mucho más allá.
Con el pangeísmo siento algo parecido.
Sus aguas vienen de muchos lugares: de los saberes ancestrales, la espiritualidad, las religiones, los grandes maestros, la filosofía, la ciencia, la naturaleza y la experiencia humana.
Y también vienen de las palabras: de lenguajes que intentaron nombrar, conservar y volver habitables esas intuiciones. Porque a veces una intuición necesita una palabra para no olvidarse. Y aunque cambien los nombres, los símbolos y las explicaciones, todas esas búsquedas vuelven una y otra vez sobre ciertas preguntas: qué significa estar vivos, qué supone estar muertos y cómo deberíamos convivir.
Por eso tampoco creo que el pangeísmo pueda apropiarse de esas percepciones. No sería honesto decir que las descubrió. Mucho menos que las inventó. Quizás lo que hace es escuchar resonancias y ensayar una forma actual de expresarlas.
Así, el pangeísmo recoge una huella muy antigua: que nada existe completamente separado.
Que cada singularidad está atravesada por una pluralidad inmensa.
Que hay algo profundamente sagrado en la existencia.
Que todo está en movimiento.
Que nuestra presencia es parte de una trama mayor.
Que la vida no sucede en un solo plano.
Las palabras cambian, las religiones cambian, las filosofías cambian, las explicaciones cambian. Pero ciertos sentidos parecen regresar una y otra vez, como semillas viajando a través de los tiempos hasta encontrar un suelo donde volver a brotar.
Por eso hay otra imagen que me gusta mucho: el pangeísmo germina. Sus semillas son antiguas, pero su germinar es actual. Germina en una tierra que contiene sabidurías milenarias, pero lo hace bajo las condiciones específicas de nuestra época: la fractura ecológica, la fragmentación social y las crisis de sentido, de ética y de sensibilidad.
Y ese germinar ocurre, además, en conversación.
No solamente de una conversación entre personas, sino entre tiempos, mundos y formas de conocer. Entre tradición y presente. Entre ciencia y espiritualidad. Entre árbol y bosque. Entre singular y plural. Entre acción y pausa. Entre humanos y otras existencias. Entre quienes estuvieron antes, quienes estamos ahora y quienes todavía no vinieron. El pangeísmo fue revelándose justamente en ese entre, en encuentros y aprendizajes compartidos.
Esto es importante porque sería contradictorio que una filosofía de la interdependencia se contara a sí misma como la creación aislada de un individuo. Su propia genealogía debería obedecer a aquello que propone. Si el pangeísmo sostiene que ningún ser existe por sí solo, tampoco una idea aparece en un vacío. Toda idea lleva otras ideas dentro. Está hecha de herencias, vínculos y memorias que nos preceden y nos atraviesan.
¿De dónde nace exactamente una idea? No lo sé. Quizás una idea sea más una visita que una propiedad. Quizás los humanos no seamos tanto propietarios soberanos de las ideas como intermediarios de ellas: antenas, puentes, canales, nodos de paso. Una idea pasa por alguien, se transforma y vuelve a circular.
Y hay todavía otra manera de decirlo: el pangeísmo emerge. No fue construido como se construye una máquina; emergió como emerge un bosque. ¿Y quién funda un bosque? Para que un bosque exista hacen falta semillas, suelos, lluvias, vientos, fuegos, hongos, animales, microorganismos, muertes, azares, instantes e incontables relaciones; y también, para quienes los perciben, espíritus, ninfas, duendes, hadas, presencias y misterios que no todos sabemos explicar. Hay árboles que aparecen antes y otros más tarde, energías que fluyen en silencio, frutos que nadie había previsto y sombras que cobijan lo que viene después.
Un bosque emerge de sus relaciones. Me gusta pensar que con el pangeísmo ocurre algo parecido.
Y ahí aparece mi propia historia.
Hace varios años empecé, de manera informal, a presentarme como pangeísta. No porque un día hubiera decidido fundar una filosofía, sino porque necesitaba una palabra que se acercara a algo que venía sintiendo desde hacía mucho tiempo. Una expresión en la que pudiera reconocerme, capaz de reflejar no solo una mirada sobre el mundo, sino también una manera de ser en él. Mi recorrido en el servicio, la espiritualidad y algunas experiencias personales muy profundas fueron parte de ese sustrato. Pero ninguno de esos caminos explica por sí solo el pangeísmo. Fueron afluentes. Fueron parte de la confluencia.
En algún momento, todas esas aguas comenzaron a encontrarse: la interdependencia, el devenir, la diversidad, la hospitalidad, la reconciliación, la necesidad de cuidar, cohabitar y compartir; la idea del humano como nodo y no como centro; el árbol y el bosque como una realidad singular-plural; las experiencias multidimensionales; la intuición de una continuidad sagrada y misteriosa. Y apareció una palabra capaz, al menos provisoriamente, de hospedar todo eso: pangeísmo.
A partir de ahí comenzó otro proceso: intentar comprender diciendo. Empecé a utilizar el nombre, a reunir corazonadas, desarrollar conceptos, buscar palabras y articular un marco. Las conversaciones fueron creciendo. Las preguntas se repetían. Algunas ideas adquirieron mayor precisión; otras cambiaron muchas veces. Aparecieron nuevas claves, figuras y prácticas. Lo que inicialmente era una sensibilidad difícil de explicar empezó a convertirse en un corpus filosófico más articulado.
Y ese proceso dejó rápidamente de ser una conversación conmigo mismo. Otros autores, pensadores y practicantes empezaron a tensionar y enriquecer esas ideas. Personas atravesadas por otros mundos fueron sumando nuevas raíces al mismo bosque. Eso no diluye la historia de quienes ayudamos a articularlo; la vuelve coherente con aquello que el propio pangeísmo propone.
Visto así, cuando me preguntan quién fundó el pangeísmo (o quiénes), mi respuesta es que no tiene fundador. Si hubiera que ser precisos, diría que tiene articuladores iniciales en su versión contemporánea. De mi lado, empecé a usar un nombre, a tejer intuiciones que venían acompañándome, a tratar de darles un lenguaje y una arquitectura. Después, en diálogo con otras presencias, ese universo fue creciendo, modificándose y volviéndose más hondo.
Podría decirlo de una manera más simple: solo ayudé a reconocer un cauce y a ponerle algunos trazos, pero no inventé el agua.
Y eso me parece importante porque el pangeísmo no debería convertirse nunca en una doctrina congelada alrededor de una biografía. Si realmente está vivo, tiene que poder crecer más allá de quienes hoy lo escribimos. Tiene que poder ser cuestionado, incorporar nociones nuevas, abandonar otras, cruzarse con realidades y experiencias que todavía no conocemos y permitir interpretaciones que hoy ni siquiera podemos imaginar. Un corpus forestal necesariamente es abierto. Crece por retoños, bifurcaciones, capas, asociaciones y reencuentros.
Espero, de hecho, que el pangeísmo siga desbordándonos a todos los que hoy intentamos ponerlo en palabras. Que otros encuentren conexiones que nosotros no vimos y lo lleven hacia lugares insospechados. Porque quizás la mayor fidelidad que podemos tener hacia una filosofía del devenir sea, justamente, dejarla devenir.
El pangeísmo no necesita propietarios.
Necesita nodos.
Algunos germinaron mucho antes de que existiera esta palabra. Otros estamos intentando llamarla ahora. Otros aparecerán después y probablemente harán con él algo que nos excederá.
Así me gusta pensar su origen: no como un punto, sino como una trama; no como una invención aislada, sino como una confluencia; no como una creación terminada, sino como una germinación; no como la obra de un centro, sino como una emergencia forestal.
Tal vez por eso, cuando alguien pregunta quién fundó el pangeísmo, la respuesta más pangeísta sea también la más sencilla:
un bosque no tiene fundador.
Tiene semillas.
Tiene raíces.
Tiene lluvias.
Tiene existencias.
Tiene suelos anteriores a todos ellos.
Tiene árboles que germinan primero y otros que llegan después.
Tiene condiciones que permiten que algo aparezca.
Y, sobre todo, tiene relaciones.
El pangeísmo también.
Máximo Mazzocco
Testimonio sobre el origen del pangeísmo
Texto original: junio del 2023



