La figura del árbol ha sido ampliamente utilizada por todas las tradiciones a lo largo de la historia: el árbol de la ciencia, el árbol del bien y del mal, el árbol del conocimiento, el árbol genealógico, el árbol de la vida, el árbol del mundo. El árbol es un símbolo pluriversal que representa la fuerza de la vida y la interconexión de todas las existencias. El ciclo de vida de un árbol refleja la continuidad perpetua de la existencia: brotar, prosperar, deshojarse, renovarse, brotar. Las raíces son signo de estabilidad en devenir; el tronco, guía en diversidad; las ramas, flexibilidad en deconstrucción. De este modo, el árbol simboliza las capacidades constantes de resistencia, adaptación y revolución. Conectado con el suelo y abierto hacia el cielo, el árbol es puente entre lo terrestre y lo celeste, lo pasado y lo porvenir, nuestros ancestros y nuestros futuros.
El árbol, en su humilde paciencia infinita, es el poder del presente: un aquí y ahora que frena la linealidad del tiempo cronológico y abre a un tiempo atemporal, el aiónico, un tiempo de intensidad vital y presencia plena. En su persistencia casi inmóvil, el árbol es el poder de la pausa: su reposo es un movimiento sutil que lleva a un tiempo sagrado, el kairológico: el tiempo de la posibilidad, la oportunidad y la decisión.
El árbol, cambiante, guarda en sí el tiempo cíclico: primavera, verano, otoño, invierno y otra vez primavera. Paciente, pervive sin tener el control sobre nada. Anfitrión, es hogar de miles de especies. Cada árbol es único en su forma e irrepetible en su crecimiento. Por eso simboliza una singularidad abierta a la pluralidad del bosque. Sin árbol no hay bosque. Pero, sin bosque no hay árbol.
El pangeísmo es el camino del árbol.
El bosque despierta conexiones infinitas, uniones secretas, redes subterráneas que enlazan raíces con el tronco, con las ramas, con las copas, con las hojas. Hacia el cielo, hacia el infierno, siempre hacia adentro y hacia afuera. El bosque es indicio de una interdependencia constitutiva: singular-plural, árbol y bosque no son elementos separables.
El bosque activa espíritus diferentes de lo humano, activa misterios y enigmas y magias y hadas y demonios. Lugar de iniciación, el bosque simboliza el retiro a lo desconocido, a lo sagrado, a un «más allá» dentro de nuestro universo. Un más allá que enseña que la interconexión y la interdependencia son la prioridad de la naturaleza. Un lugar donde habitan criaturas que no son humanas, donde el individuo solitario se descubre siendo otras existencias. Quien se adentra en el bosque sabe que es otros.
El pangeísmo es el camino del bosque.
Las figuras del árbol y del bosque pangeístas permiten pensar fuera del binomio individuo-comunidad, fuera de la lógica nosotros-ellos y dentro de la dinámica singular-plural: en cada árbol, un bosque; en cada hoja, toda la vida. En este sentido, el pangeísmo reconoce la importancia de la primera persona del plural (nosotros), pero asume también la permanente presencia de los otros en la primera persona del singular: yosotros. Toda unidad es forestal, singular-plural, arbosque.
Fragmento extraído del libro “Pangeísmo: el camino del árbol”.



